De personas, caminos y laberintos

7/01/2014

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En el estudio de la teoría, las metodologías, los protocolos, el aprendizaje de las patologías, las etiquetas y demás parámetros para aplicar el trabajo del musicoterapeuta, muchas veces nos olvidamos de que tras el diagnóstico hay una persona. Única. Especial. Individual.

En los comienzos del ejercicio de mi profesión solía pensar que en la elaboración y desarrollo de las sesiones todo debía estar especificado y las dinámicas debían desarrollarse tal y como habían sido diseñadas. Al milímetro. Cuando las cosas no salían tal y como había previsto me ofuscaba y frustraba conmigo misma y con el medio.

Poco a poco, y gracias al trabajo de cada día, he aprendido que no es la persona que asiste a sesión quien debe adaptarse al musicoterapeuta sino al contrario. Desde mi punto de vista, la función del musicoterapeuta debe ser la de acompañar a la persona a través de procesos musicales para desarrollar su calidad de vida. Es fundamental que el musicoterapeuta tenga una escucha global para poder percibir cuáles son las necesidades de la persona que tiene delante y sobre todo prestar atención y ser capaz de localizar o de llegar a encontrar o descubrir la parte sonoro-musical de ésta, desde donde se trabaja. El musicoterapeuta ha de verla para facilitar a la persona que tiene delante, desde el respeto y sin juicio, su apertura expresiva a través de diversas técnicas musicoterapéuticas.

Personas como Tony Wigram o Kenneth Bruscia me han aportado mucho con sus planteamientos basados en la improvisación. Cuando una persona puede relacionarse libre y expresivamente con el medio que le rodea, su experiencia hacia el mundo y hacia sí misma resulta más enriquecedora. La improvisación es una gran herramienta a la hora de facilitar vías de expresión y abrir canales de comunicación para mejorar esa experiencia.

Al fin y al cabo, y aún siendo diferentes, a todos nos gusta sentirnos bienvenidos allá donde vayamos y aceptados tal y como somos. Lo cual es aplicable tanto al contexto musicoterapéutico como a la rutina diaria.

Cuando, en musicoterapia, damos pie a la improvisación y a la libre exploración, se está expresando una idea tan sencilla de escribir como difícil de llevar a cabo. Simple y sencillamente: ser.

Volviendo sobre el inicio del post, quizás el siguiente documental, titulado «El laberinto autista» y emitido en su momento en Documentos TV, sea un buen ejemplo de la parte más humana que subyace detrás de un diagnóstico.

Dejo por aquí el vídeo para facilitaros su visionado.

Fuera de asépticas estadísticas, números, laboratorios, etiquetas e historiales clínicos, aquí se plantea una realidad tan tangible como abstracta: cien pacientes pueden representar un sólo cuadro clínico, pero siguen siendo cien personas distintas. Y esto es algo que el terapeuta debe tener muy presente. Del mismo modo, cada paciente (o cada persona) se ve afectada de formas diferentes por la misma vivencia, lo cual por extensión debería ser también lo habitual para el terapeuta.

Si bien la terapia tiene una parte eminentemente científica y objetiva, las variables subjetivas que circundan el caso (el paciente como individuo, sus familiares, su recorrido vital, incluso podríamos exagerar y decir que es importante si esa mañana se ha levantado con acidez) implican una respuesta y una relación igual de subjetiva por parte del terapeuta. A, con, por y para el paciente. Con su problema. Pero sobre todo con su solución y su contexto.

Lo he dicho muchas veces -cuando me preguntan sobre musicoterapia-, lo sigo diciendo y lo repetiré hasta la saciedad: es absurdo recetar música. No estamos dando aspirinas. No trabajamos con compuestos químicos, sino con personas y, como ya se ha mencionado, con realidades subjetivas relacionadas con esas personas.

Querer ser objetivos, buscar la estadística mayoritaria, aplicar un remedio universal es un error. Y el motivo es bien sencillo: donde la esencia de la aspirina es funcionar del mismo modo para todos, la esencia (y la magia) de la música es radicalmente lo contrario.

Cada persona tiene muchísimos caminos, desde aquellos rectos, sencillos y señalizados como autopistas hasta los más laberínticos (acertado pues el título del documental), los circulares y un buen número de incorporaciones y salidas. A veces hay que abandonar la seguridad de la autopista y vivir sin GPS para explorar aquellas vías que de otra manera ni contemplaríamos.